domingo, 6 de mayo de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
Predecesores: la lucha por la luz
"Soy el organizador de lo incierto, de lo híbrido, de lo crepuscular, del sueño: el sepulturero de la vieja Austria".
Alfred Kubin
Otro precursor de Kafka. A ver si despiertas de tu sueño eterno, Franz, y echas de tu templo con cajas destempladas a tanto fariseo con la etiqueta de tu maestro y, ya de paso, te llevas por delante a tanto crítico español experto en Shakespeare o Cervantes, aspirante a gordo judío en calcetines rojos y que, con una pierna apoyada en el antebrazo de su sillón favorito, farfulla un discurso sobre los ángeles bíblicos, sin saber ni siquiera que su existencia está rota, como roto está el botón inferior de su camisa, y cuánta diferencia entre él y el botón desprendido, el escritor al vacío, alejado de la puntada que le haga igual a los demás, que le aparte de la soledad del astronauta que gira y gira en el espacio a tres mil millones de años luz, y que abre mucho los ojos, como se dice que hacen los niños indios de ojos muy negros cuando remueven los escombros y caen rupias enterradas por brahmanes, meteoritos del cielo los llaman, pues así contempla el astronauta las explosiones de las supernovas, y así mira Kafka la lámpara de su habitación, en una oscuridad completa, y es que aunque es un oficinista gris con ojeras y su posición, reclinado sobre la mesa, no cambia durante horas, a su alrededor bailan polillas, el ojo humano no las detecta, seres de luz revolotean alimentándose de sus entrañas para crear un resplandor que parece oscuridad, ¿verdad que sí? Por eso su obra es tan oscura como la galaxia, y su cuerpecillo la antimateria, y por eso casi estamos a punto de preferir al gordo judío neoyorquino, nos da más seguridad con su grasa y sus diez mil libros ordenados en anaqueles que solo limpia su mujer, porque él está tan atareado con sus alumnos y sus clases que no tiene tiempo para otra cosa. Y entonces entendemos la razón de todo, y es que el libro no tiene sentido, ni tan siquiera la trama ni las interpretaciones de la obra, y nos dejamos arrastrar por las palabras, estrellas que marean al observador, millones de ellas que buscan su acomodo en nuestro ojo, que llenan nuestras cuencas vacías de sentimientos y nos lanzan al fulgor nocturno, a una velocidad infinita, la misma que tiene un ciego al que ya no le importe chocarse con nada y que corre por fin libre, indiferente a un universo tan terrible o tan visible.
jueves, 1 de marzo de 2012
Un domingo cualquiera
Yo no puedo hacer la crónica entera, ya que no he podido ver el final de las partidas que quedaban. Solamente decir que después de de mi horrorosa jugada c6??, estoy viendo un tutorial para aprender a jugar al bridge. Para bien o para mal, el bridge me está pareciendo fascinante. Hasta donde yo he visto esta sería la crónica:
Me levanto con dolor de muelas y llego tarde. Por el camino me meto dos nolotiles y releo "Mi familia y otros animales" de Gerald Durrell. La cita inicial del libro es: "Hay un cierto placer en la locura, que solo el loco conoce". Sonrío para mis adentros mientras cierro el libro y entro en un coche que el Nolotil ya ha convertido en una cueva gigante, poblada de enanitos ajedrecistas que corretean y ríen, desafiando al sueño y al destino. Sonrío porque el ajedrez es eso: encontrarle un cierto placer a la locura. Cuando echo la vista atrás, al ajedrez que he jugado, no veo partidas. Ni siquiera combinaciones o posiciones fijas. La clave de por qué seguimos jugando a esto la tiene cada uno en su mirada. Y yo la veo en los ojos febriles de un chaval de quince años, que miraba con intensidad al tablero, como si pudiera tener el control de lo que allí sucede. Ese fulgor lo sigo viendo ahora, aunque la diferencia es que la perspectiva ha cambiado: el placer ahora viene de compartir el caos con el adversario, de simular jugar al escondite con él, de suspender la realidad durante los vaivenes de un reloj universal, cansado de ver cómo sus juguetes se rompen con tanta facilidad.
Entrar en el coche y romper a reír con mis compañeros es instantáneo. Se suceden las bromas sobre el ridículo nombre del equipo contrario: "El Molinillo". Un nombre inocente, de feria de verano y algodón de azúcar rosa, de globos rojos perseguidos por niños de pantaloncitos cortos y polo de los domingos, y de tiovivos impulsados por la furia ciega de la Bruja del Polvo. Lo que yo no sabía era que en esa misma feria imaginaria, un ladrido ya había sacudido la somnolencia de un niño rico, de pelo con raya al lado y jersey de pico. Un niño que despertaba, paseaba la mirada distraídamente por los rincones conocidos de su soledad, y la detenía en el grupo de niños que reían y giraban en el coche de Juan Barrios, ya cansados de intentar atrapar globos rojos.
Los globos rojos se pierden en el cielo y se transforman en la dura realidad de folios en blanco cortados en dos, a modo de planillas. Dejo pasar el tiempo intentando que el límite de las cosas no me imponga existencia, pero da igual. Me doy cuenta de que todos están "pintando" la planilla.
Andrés Ruiz, uno de los pocos a los que el globo rojo le aguantó sin explotar toda la partida, saca la lengua un poco y se aplica a trazar las líneas que separen unos movimientos de otros. Un gesto de concentración en una tarea que no le corresponde, una concentración de sentidos aplicada hasta el detalle más ínfimo, que se verá reflejada en una Larsen fría, inmaculada, no apta para trileros ajedrecísticos como yo, un soplo de aire frío con el que congela las almas de los contrarios. Andrés no gana a sus rivales, los "talla". Su larsen es un buril con el que congela cualquier intento táctico de su rival. Su contrincante es incapaz de distorsionar la armonía de sus piezas, se queda inmóvil porque nadie quiere destruir el David de Miguel Ángel o La Madonna. Porque aunque sean las cinco de la mañana, hayas pasado todas las alarmas, y lleves un martillo pequeño, de los que se utilizan para romper el cristal de una manguera de incendios, y sepas que hasta el golpe más leve lo destruiría porque tu martillito rompe a presión, y estés seguro de que tu acción no es vandalismo sino una declaración intelectual contra el exceso de armonía en el arte, una armonía que hiere a tus ojos, hastiados de contemplar el caos inane que rodea al mundo, no lo destruirías. Llegaría el vigilante a las seis de la mañana y te encontraría allí, una estatua viva, un Lot contracultural deshecho en lágrimas de sal.
Las líneas con las que yo me construí mi propia planilla salieron torcidas, negro presagio de lo que iba a ocurrir. Mi Chigorin salió con fuerza, a mi corcel más brioso no se le pueden poner riendas ni tampoco espolear: va sola. Ventaja en la apertura que mi rival nunca creyó: cada jugada suya era una pregunta más que conducía al final de la línea, al abismo de mi c6 en el que cayó mi yegua, incapaz de detectar cuándo tenía que parar a beber agua, devolver el peón, descansar y cuidarse la muela.
Emiliano también perdió. Su globo rojo estalló con fuerza, e igual que yo, cuando había que pensar para hacer la buena, jugó rápido. Los mismos derroteros siguió Sigmund, que en una Botvinnik metió su torre en séptima cuando aún había muchas piezas en el tablero. Con su flanco de dama abierto, no hubo nada que hacer y se escuchó cómo estallaba el último globo rojo.
Queda por conocer la historia de los héroes, los que empataron la ronda, después de ir perdiendo 3-0 a mitad de la mañana. Aunque yo prefiriría no saberla, porque la verdadera épica muere en el silencio de la lucha. Lo demás es literatura.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
sábado, 5 de noviembre de 2011
Mr Ravioli
When I was young, I invented an invisible friend called Mr Ravioli. My psychiatrist says I don't need him anymore, so he just sits in the corner and reads.
Mary and Max (2009)
martes, 18 de octubre de 2011
Clack
Esta es mi historia, hija de la noche. El epígrafe del señor Burdick a la imagen es: "Su corazón latía desbocado. Estaba seguro de que había visto girar el tirador de la puerta". Él titula su dibujo: "Huésped(es) sin invitación"
Su corazón latía desbocado. Estaba seguro de que había visto girar el tirador de la puerta. Miró a su alrededor. Todo seguía igual. La luz de mediodía se colaba por el tragaluz y descendía con todo su peso por la habitación. Las voces amortiguadas de sus hermanos jugando en el jardín no acallaban sus latidos. Descenso de conjunciones y de pulsaciones. No se puede pensar con sudor frío. Pomo, corazón, duende, príncipe destronado, luz. Un ser sobrenatural detrás del umbral y él pensando como un subnormal. Con palabras sueltas. A veces le ocurría eso. Su madre se lo hizo notar cuando le dijo un día: "Tanto leer y no sabes expresarte cuando viene una vista o tienes que ir a comprar el pan".
Pan, isla del tesoro, señor grande, miedo, voz, temblor, solo. Tomó aire. Ahora demostraría que no tenía miedo. Afrontaría como los héroes de los libros su destino. Se zafaría de las manos de Long John Silver, que se aferraban a su chaqueta como tenazas, lanzaría amarras, abordaría la puerta y confrontaría su destino. Sí, eso haría. En un momento.
Antes quería resolver el enigma. Veamos. Cuando entró a hurtadillas en el sótano había escuchado el sonido amortiguado de una puerta que se cierra con sumo cuidado. Es el mismo sonido que deseas que se mimetice con el silencio de una casa dormida. Lo sabía, le era familiar. Era el sonido que más evitaba y el que más conocía. El sonido que él hacía todas las noches cuando, con el corazón encogido, abría la puerta de su habitación y bajaba las escaleras para devolver a la estantería del salón el libro que había leído.
Le habían prohibido leer libros que no fueran de texto. Sus notas habían bajado. ¿Y qué importaba? Detrás de sus ojeras brillaba la mirada del que tiene un libro y una linterna en las manos y es feliz. Si no fuera por el ruido. Ese ruido que evitaba cada noche lo sentía a cada paso como un nudo en el corazón.
Tras el "clack" de la puerta del sótano, aún llegó a ver cómo un centímetro de abertura se movía buscando la junta y su salvación. Simpatizaba con el que lo había hecho. Era como él. Los dos tenían un secreto y luchaban por guardarlo. Aun así, la simpatía por él no era suficiente. Tenía que saber qué o quién era. Un recuerdo se fue abriendo paso entre las brumas de monosílabos que la tensión le imponía. El circo de hace un mes. O, mejor dicho, la imagen que se le quedó grabada a fuego.
Un día después del cierre había pasado por el sitio en que lo habían montado. No quedaba nada: solo restos de una olla abollada, tirada en el barro, y una enana sentada encima. Gimoteaba en el cieno. La había visto antes el último día del circo. Todos andaban recogiendo. Al titiritero solo le quedaba el muñeco de un mago fláccido, de gorda cabeza y mueca hiriente, por meter en su baúl. Y por mucho que lo intentaba, no lograba reunir espacio para que entrara. Presión sobre sus miembros, tensión y sudor en el hombre, una pierna del mago colgando, revienta un botón de su camisa. Una enana a su lado ríe a carcajadas rojas. El carruaje de su padre aceleró la marcha y ya no pudo ver más. Titiritero. Enfado. Enana. Expulsión. Pérdida. Refugio. Sí, eso era. La habían dejado sola y este era su refugio. Volvería cada mañana, le traería algo de comer y sería su amigo. Claro que vencería el nudo que le impedía moverse y llegar hasta el pomo.
Pero no ahora. Mañana.
Volvió sobre sus pasos y cerró la puerta del sótano con mucho cuidado, evitando hasta el más mínimo ruido. Clack.
Su corazón latía desbocado. Estaba seguro de que había visto girar el tirador de la puerta. Miró a su alrededor. Todo seguía igual. La luz de mediodía se colaba por el tragaluz y descendía con todo su peso por la habitación. Las voces amortiguadas de sus hermanos jugando en el jardín no acallaban sus latidos. Descenso de conjunciones y de pulsaciones. No se puede pensar con sudor frío. Pomo, corazón, duende, príncipe destronado, luz. Un ser sobrenatural detrás del umbral y él pensando como un subnormal. Con palabras sueltas. A veces le ocurría eso. Su madre se lo hizo notar cuando le dijo un día: "Tanto leer y no sabes expresarte cuando viene una vista o tienes que ir a comprar el pan".
Pan, isla del tesoro, señor grande, miedo, voz, temblor, solo. Tomó aire. Ahora demostraría que no tenía miedo. Afrontaría como los héroes de los libros su destino. Se zafaría de las manos de Long John Silver, que se aferraban a su chaqueta como tenazas, lanzaría amarras, abordaría la puerta y confrontaría su destino. Sí, eso haría. En un momento.
Antes quería resolver el enigma. Veamos. Cuando entró a hurtadillas en el sótano había escuchado el sonido amortiguado de una puerta que se cierra con sumo cuidado. Es el mismo sonido que deseas que se mimetice con el silencio de una casa dormida. Lo sabía, le era familiar. Era el sonido que más evitaba y el que más conocía. El sonido que él hacía todas las noches cuando, con el corazón encogido, abría la puerta de su habitación y bajaba las escaleras para devolver a la estantería del salón el libro que había leído.
Le habían prohibido leer libros que no fueran de texto. Sus notas habían bajado. ¿Y qué importaba? Detrás de sus ojeras brillaba la mirada del que tiene un libro y una linterna en las manos y es feliz. Si no fuera por el ruido. Ese ruido que evitaba cada noche lo sentía a cada paso como un nudo en el corazón.
Tras el "clack" de la puerta del sótano, aún llegó a ver cómo un centímetro de abertura se movía buscando la junta y su salvación. Simpatizaba con el que lo había hecho. Era como él. Los dos tenían un secreto y luchaban por guardarlo. Aun así, la simpatía por él no era suficiente. Tenía que saber qué o quién era. Un recuerdo se fue abriendo paso entre las brumas de monosílabos que la tensión le imponía. El circo de hace un mes. O, mejor dicho, la imagen que se le quedó grabada a fuego.
Un día después del cierre había pasado por el sitio en que lo habían montado. No quedaba nada: solo restos de una olla abollada, tirada en el barro, y una enana sentada encima. Gimoteaba en el cieno. La había visto antes el último día del circo. Todos andaban recogiendo. Al titiritero solo le quedaba el muñeco de un mago fláccido, de gorda cabeza y mueca hiriente, por meter en su baúl. Y por mucho que lo intentaba, no lograba reunir espacio para que entrara. Presión sobre sus miembros, tensión y sudor en el hombre, una pierna del mago colgando, revienta un botón de su camisa. Una enana a su lado ríe a carcajadas rojas. El carruaje de su padre aceleró la marcha y ya no pudo ver más. Titiritero. Enfado. Enana. Expulsión. Pérdida. Refugio. Sí, eso era. La habían dejado sola y este era su refugio. Volvería cada mañana, le traería algo de comer y sería su amigo. Claro que vencería el nudo que le impedía moverse y llegar hasta el pomo.
Pero no ahora. Mañana.
Volvió sobre sus pasos y cerró la puerta del sótano con mucho cuidado, evitando hasta el más mínimo ruido. Clack.
Los misterios del señor Burdick
Lanzó con todas sus fuerzas, pero la piedra rebotó de regreso.
Si había una respuesta, él la encontraría allí.
Él la había prevenido sobre el libro. Ahora era demasiado tarde.
La quinta silla terminó en Francia.
En este libro hay imágenes como estas. En cada una de ellas hay un epígrafe que plantea más preguntas que respuestas. La leyenda cuenta que el señor Burdick dibujó las láminas y escribió un cuento para cada una de ellas. Burdick le dijo a su editor que le guardara los dibujos una noche. A la mañana siguiente él mismo le traería los cuentos. Sin embargo, Burdick no apareció ni ese día ni al siguiente ni ningún otro. De esta manera, este libro ha fascinado a generaciones de lectores. Cada uno ha terminado las historias a su manera, creando así cientos de relatos diferentes.
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